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– Opinión – 

Seamos sinceros, parece que hace años Independiente dió la vuelta en el Maracaná, con un gol de penal de Barco y con más de cinco mil almas rojas delirando en Río de Janeiro. Pero volvió el Rey, y acá estamos, masticando ansiedad, nervios y aferrándonos a cabalas diarias que nos argumentan la fé de una vuelta más, de la decimoctava en la gran vitrina del Orgullo Nacional.

Acá no hubo una seguidilla de partidos. Amaneció el 2018 y, todavía con la resaca de la gesta en Brasil, nos preparábamos para este momento. Con el campeón de la Libertadores, definiendo de visitante, con un partido de ida que nos hizo enrojecer las palmas de las manos e inflar el pecho de emoción por la descomunal entrega de los dirigidos por el profesor Holan.

Soy de los de que se identifican con la exigencia en este club, pero no me confundo con el exitismo. Este Independiente nos tiene caminando de esquina a esquina de los nervios por estar a horas de un momento histórico en la vida del “Rojo”. Sin embargo, amigos y amigas, yo ya estoy hecho. Quiero, como todos los diablos, una vuelta más, quiero alzar una copa más. Pero este equipo ya me demostró que le quedó muy bien el saco de campeón, y que hizo méritos para ponérselo. Y eso no es poco en Alsina y Bochini.

Se sintió en la tribuna, después de algún que otro traspié del equipo de Holan – en sus inicios – que éste era el proyecto, que algo estaba cambiando. Al principio era la novedosa racha de ganar de visitante, después se convirtió en llegar con chances en las últimas jornadas del campeonato, después los clásicos ganados con suplentes y por último el cachetazo al histórico Flamengo, nada más y nada menos que en su mítica casa.

Estamos viendo fútbol, con aciertos y errores, como el tuyo y el mío en nuestro andar diario. Pase lo que pase, ya sé que puedo decir que vi a Independiente ser fiel a su idiosincrasia dentro de un campo de juego en competencias internacionales contra otros grandes del continente. Con muchos pibes, con valores genuinos. Con la hidalguía del saludo que nos evoca a la estirpe de “chivita” Maldonado. Con todo el potencial de lo que significa hoy Independiente.

Disfrutemos entonces. Ya nos agarraron rabias y úlceras por ver a cientos de indignos vestir los prestigiosos colores del “Rey de copas. Ya maldecimos por los pomposos refuerzos que hicieron agua y pasaron más tiempo entre algodones que en el campo de juego. Los de mañana somos nosotros, los hinchas, porque así este grupo lo demostró. Porque, de una buena vez, para los más jovenes, el “Señores dejo todo…” se hace prueba cabal de que se está por el buen camino.

Vamos Independiente, por una alegría más.

 

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